Porqué los ateos no creen en el infierno (III)

Orden, esto es lo que explica porqué llegamos a realizar inferencias causales de la realidad erróneas. Buscamos el orden, la organización, cómo se estructura el suceso que estamos presenciando.

Esta es la conclusión del psicólogo Bruce Hood, de la Universidad de Bristol. En este enlace podéis ver la entrevista que le hizo Eduard Punset, titulada “Programados para creer“.

Nuestro cerebro, como mecanismo de supervivencia, se ha especializado en buscar las relaciones existentes entre sucesos. Por ejemplo: “Está nublado, va a llover“. De esta manera hemos establecido que el suceso A (está nublado) es la causa de un suceso B posterior (llover). Este tipo de relaciones son útiles para vivir.

Sin embargo, también somos capaces de establecer relaciones más complejas, de consecuencias menos evidentes. Como dice Bruce Hood, nuestra vida está llena de sucesos que no podemos explicar claramente, pero aun así nuestro cerebro, emperrado en encontrar la manera en la que funciona el mundo, intenta encontrar una solución al problema, por disparatada que sea.

¿Cómo sabemos que nuestro cerebro busca relacionar los hechos que vivimos día a día? Fijaos bien en la imagen de la derecha, se conoce como Triángulo de Kanizsa. En esa imagen no hay ningún triángulo, pero todos podemos ver dos triángulos distintos, uno hacia arriba; otro invertido,sin bordes, pero más brillante. La realidad es que no hay ningún triángulo, y que el fondo de la imágen no es más brillante en el supuesto triángulo invertido, aunque así nos lo parece.

Al mirar esta imagen, se activa en vuestro cerebro (y en el mio) una serie de procesos que terminan diciéndole a la corteza visual (en el lóbulo occipital) que se comporte como si realmente hubiese un triángulo en medio de ese conjunto de figuras, porque es la mejor solución posible. Un triángulo blanco invertido explica porqué están organizadas así estas figuras. Si esto os hace pensar que el mundo no es como lo veis (I y II), estáis en lo cierto, y en estos dos post os explico porqué.

Un punto importante, como explica Bruce Hood, es que no sabemos trabajar bien con la aleatoriedad. No somos capaces de realizar, por ejemplo, series de números realmente aleatorios.

De esta manera, al no trabajar bien con la aleatoriedad y por lo tanto buscar siempre patrones, nos encontramos con pensamientos realmente curiosos. Por ejemplo, bolígrafos de la suerte, rituales extraños como atarse lo zapatos de cierta manera o en determinado orden, tocar una pared al salir de casa, o de un examen, o antes de coger el coche. Y podríamos seguir así.

Es importante constatar que no sólo nuestro cerebro funciona así. Como pudimos comprobar en el anterior post de esta serie, las palomas utilizadas por Skinner en su experimento intentaban encontrar cuál era el patrón de conducta que les permitía conseguir comida, cuando la realidad es que no había ningún comportamiento que les permitiera acceder a su alimento.

Otro dato importante que permite explicar el surgimiento de las creencias supersticiosas es que los seres humanos creemos lo que otro ser humano nos dice. Esto es lógico, porque si tuviésemos la necesidad de contrastar, punto por punto, todo lo alguien nos cuenta, simple y llanamente no tendríamos tiempo para vivir, ni para conversar. Existen limitaciones en este supuesto, por ejemplo, no creemos lo que nos diga cualquiera, o no creemos las cosas cuando nos las dicen de cierta manera. Así, siempre vamos a creer más a una persona con la que tenemos lazos emocionales que a un desconocido, o tendemos a creer a alguien que argumenta su explicación antes que alguien que dice “esto es así porque sí”. Esta es la base también de muchos problemas en nuestras relaciones sociales, basta que alguien diga “hay que ver lo que hizo fulanito” para que la conversación nos enganche, y si la persona que lo dice es más cercana a nosotros que la persona mencionada tendemos a creer en sus palabras.

En resumen, somos máquinas incansables de establecer relaciones entre hechos del día a día y creemos lo que las personas cercanas a nosotros nos cuentan. Pero aun queda otro mecanismo evolutivo importante que facilita la creencia en sucesos sobrenaturales: La imaginación.

Mirad esta imagen, el tigre escondido entre el follaje, acechando. ¿Qué pasaría si no tuviésemos imaginación? Pues que no sabríamos que detrás de esa hermosa cabeza de tigre hay un terrorífico cuerpo de tigre. Está claro que aquellos antepasados nuestros que carecían de imaginación murieron pronto; además, la imaginación es un procesos cognitivo imprescindible para la memoria. Cuando “traemos a la memoria” un dato, realmente lo estamos imaginando; es decir, reconstruyendo a partir de patrones sensoriales conocidos. De esta manera unimos una imagen, un olor y un sonido, y  recordamos, por ejemplo, a nuestra madre, pero no estamos reviviendo un hecho, si no recreándolo con la imaginación.

Pero la imaginación tiene una parte negativa, pues nos permite crear conceptos tales como “suerte”, “dios”, “unicornio”, etc. Ideas que no hacen referencia  a nada real, pero que somos capaces de recrear, como mecanismos que explican sucesos.

Un ejemplo que aúne estos datos es el que dan Punset y Hood al inicio de la entrevista: ¿Podemos sentir que alguien nos mira? Sabemos que físicamente es imposible. Pero si nos sentimos incómodos en una situación y descubrimos que alguien nos miraba inmediatamente salta nuestra necesidad de establecer relación, la creencia de que esto es posible porque otros nos han contado que también lo han vivido, y la capacidad de imaginar cómo es posible. Y creamos nuestra creencia irracional de que podemos sentir que alguien nos mira en base a experiencias propias.

A lo largo de esta serie hemos descubierto que tendemos a creer ciertas descripciones de nosotros mismos, que establecemos relaciones entre sucesos de forma constante y sin poder evitarlo, creemos en lo que otros nos dicen e imaginamos cómo puede ser posible lo que nos cuentan.  Sobre la base de estos procesos psicológicos no es difícil darse cuenta de como funcionan, por ejemplo, las religiones a nivel individual, el horóscopo, y todo tipo de creencias supersticiosas. En el último post de esta serie haremos honor a su nombre y os explicaré por qué los ateos no creen en el infierno.

Dadme unos días

Sólo quiero publicar esta actualización para informaros de que los dos post de la serie “Porqué los ateos no creen el el infierno” van a tardar un poco.

Estoy estudiando para los exámenes de septiembre (y la verdad no tengo ninguna esperanza de aprobar, aunque no por ello lo dejaré) y no me queda mucho tiempo.

Sin embargo, como muy tarde el domingo 4 de septiembre ya tendréis aquí la continuación.

Gracias por vuestra paciencia. Un gran abrazo para todos los enamorados de la ciencia.

P.D: De todos modos podéis seguir viéndome en mi perfil de feisbúk, donde suelo colgar noticias y tener charlas interesantes con grandes bloggers y gente que comparte nuestra afición por la ciencia.

Porqué los ateos no creen en el infierno (II)

Hoy vamos a hablar de uno de mis autores favoritos, Burrhus Frederic Skinner (1904-1990), y de un experimento muy interesante: la conducta supersticiosa en palomas.

La primera pregunta que se debe responder es ¿Por qué un experimento con unas puñeteras palomas puede explicarnos algo de la conducta humana? Y es una pregunta legítima. Dejemos de lado el tema del desarrollo filogenético y vayamos directamente a la psicología. Desde el comienzo del siglo XX, hubo un proceso de abandono de las teorías filosóficas en psicología y un acercamiento a la ciencia y la biología, tanto que, en 1913, Watson declara que la psicología es una rama de la biología, y a esta nueva ciencia la llama “conductismo“. El paradigma central de este primer conductismo era el trabajo de Pavlov que recibía el nombre de “condicionamiento clásico“. Sin embargo, con el paso del tiempo se evidenció que no todo era lo que parecía en el condicionamiento clásico, lo más importante fue la demostración de Zener (1937) de que los estímulos condicionados no sustituían a los estímulos incondicionados, sino que servían más bien como informadores.

Entonces, en 1938, Skinner publicó uno de los libros más importantes para la psicología: “La conducta de los organismos: Un análisis experimental.” En este libro proponía algo simple, la conducta de todos los organismos está controlada por sus consecuencias. Además, realizaba un análisis de la conducta de tipo darwinista, pues proponía que todos los seres vivos emiten, espontáneamente, conductas, las que tienen resultados beneficiosos para el organismo permanecen, las que tienen resultados perniciosos se extinguen. Hoy sabemos que no todas las conductas están controladas por sus resultados, pues existen muchas conductas innatas, como el apego; sin embargo, muchas otras sí lo están, y se mantienen o extinguen según el refuerzo que reciban. Pensad un momento que mantenéis una conversación cara a cara con alguien a quien conocéis. Mientras habláis, quien no tiene el turno de palabra emite constantemente reforzadores que hacen que quien habla lo siga haciendo. Estos reforzadores son cosas como “ujum”; “sí”, “no”, asentimientos de cabeza, etc. Y esto se aprecia mucho más cuando alguien habla por teléfono, pues la otra persona necesita saber que está siendo escuchada. Sin estos reforzadores la conversación se extinguiría. Y hay muchas más conductas que se explican a través del “condicionamiento instrumental u operante“.

Por eso, el experimento del que os voy a hablar puede explicar el surgimiento de una conducta humana tan compleja como la superstición.

En un aparato como el que veis en la imagen, Skinner constató la conducta supersticiosa. En sus experimentos, palomas o ratas debían picar o accionar una palanca para recibir comida. En ocasiones, debían hacerlo muchas veces, en otras debían esperar cierto tiempo antes de que la comida (el refuerzo) estuviese de nuevo disponible. Sin embargo, a Skinner se le ocurrió una idea, qué pasaría si le diésemos comida a la paloma sin que ésta tuviese que hacer nada. Es decir, a intervalos cortos, caía una bola de comida en el comedero sin que la paloma hubiese picado en el interruptor. Más tarde observó qué hacían estas palomas cuando calculaban que llegaba su hora de comer, y el resultado fue increíble: una daba vueltas dentro de la Caja en sentido contrario a las agujas del reloj, otra echaba la cabeza hacia atrás por encima del hombro derecho, y las ocho palomas que utilizó hacían cosas igual de extrañas.

La explicación de Skinner fue que las palomas habían relacionado la conducta que emitían en el momento de recibir el reforzador con el reforzador, de tal forma que habían creado una relación causal falsa; es decir, creían que recibían comida por esas extrañas cosas que hacían.

Supongo que ya estáis recordando sucesos de vuestra vida que podrían explicarse de esta forma: tu boli de la suerte con el que siempre apruebas, tocar el marco de la puerta al salir, no pisar las líneas del suelo, no hablar de la muerte, no salir a la calle los martes 13, etc. Y es que, en ocasiones, establecemos relaciones entre sucesos que no están relacionados, creando así un vínculo falso, una creencia supersticiosa. Las creencias supersticiosas nos dan la sensación de control sobre cosas que, realmente, no controlamos. Desde hace ya un tiempo, han surgido una serie de productos comerciales que afirman tener efectos, cuanto menos, curiosos. Es el caso de la famosas pulseritas de energía, que te dan equilibrio. Lo curioso es que mucha gente afirma que es cierto, que desde que lleva tal artilugio duerme mejor, es más flexible, corre más rápido, está más tranquilo, o cualquier cosa por el estilo. Buscan controlar cosas que no controlan. Pero la realidad es que se ha formado un vínculo falso entre el hecho de, por ejemplo, dormir bien una noche, y el hecho de llevar alguna de estas pulseras. Hemos creado una conducta supersticiosa en nuestras vidas.

Esto puede crear un gran problema. En 1975, Martin Seligman propuso el concepto de “indefensión aprendida“. Seligman descubrió que, cuando una rata o un perro descubre que nada de lo que haga le librará de la descarga eléctrica, aprende a sentirse indefenso, se vuelve pasivo e incapaz de realizar cualquier cosa. En los seres humanos la indefensión aprendida puede dar lugar a la depresión.

Sin embargo, este gran experimento de Skinner no explica el porqué de que se establezcan dichas relaciones falsas entre sucesos, pero eso será tema para el tercer post de esta serie.

Porqué los ateos no creen en el infierno (I).

El escepticismo está en horas bajas. Hoy día, la gente quiere creer, busca en qué creer, y ante situaciones extrañas no aplica la razón. La verdad es que es algo que realmente me enfada y la gota que ha colmado el vaso ha sido la noticia de que la Facultad de Medicina de la Universidad de Málaga va a impartir un máster (ni más ni menos) en acupuntura. Y esto no hace más que unirse al cúmulo de vergüenzas que arrastra esta universidad, empezando por los másteres en psicoanálisis que se imparten en la Facultad de Psicología. Parece que ser escéptico es algo malo, a las personas que creen ciegamente en sucesos sobrenaturales se les llama “sensibles”. Ser racional es ser “cuadrado”, como si esta hermosa figura geométrica tuviese alguna tara. Y nuestro sistema universitario apoya ésta situación.

El buscador Google te devuelve 684 000 resultados si introduces la palabra “escéptico”.

El buscador Google te devuelve 14 700 000 resultados si introduces la palabra “horóscopo”. Sobran las explicaciones.

En esta pequeña serie de post voy a hablaros acerca de cómo explica la ciencia sucesos supuestamente paranormales y la creencia en ellos por parte de tantísimas personas.

Y vamos a empezar con el Efecto Barnum, también conocido como Efecto Forer o Falacia de la validación personal. Es la observación de que los individuos darán una aprobación de alta precisión a descripciones de su personalidad que, supuestamente, han sido realizadas específicamente para ellos, pero que en realidad son generales y suficientemente vagas como para ser aplicadas a un amplio espectro de gente.

¿Cómo puede ser esto posible? En 1948, el psicólogo Bertram R. Forer pasó entre sus estudiantes un test de personalidad y, posteriormente, los resultados del mismo. Sin embargo, repartió entre todos ellos la misma descripción de personalidad, un texto que construyó sobre la base de fragmentos de distintos horóscopos. Luego les pidió que puntuasen la descripción que habían recibido, “0” si no se ajustaba nada a ellos, “5” si se ajustaba perfectamente. El promedio fue de 4’26; es decir, el texto era una fiel descripción de la personalidad de la mayoría de ellos. No se basaba en el test, no era un sólo horóscopo y, por supuesto, no todos sus estudiantes eran iguales, sin embargo para la mayoría la descripción era válida, creían que se ajustaba a ellos. De esta manera concluyó que la gente tiende a aceptar descripciones de ellos mismos en proporción al deseo de que dichas descripciones sean verdad.

Años más tarde, en 1985, Dickson y Kelly encontraron algunas variables que afectan a la puntuación que los sujetos dan a este tipo de descripciones de la personalidad:

  • El sujeto puntúa más alto si cree que el análisis se aplica sólo a él.
  • El sujeto puntúa más alto si cree en la autoridad del evaluador.
  • El sujeto puntúa más alto si el análisis enumera mayormente atributos positivos.

De esta manera se explican sucesos tales como el horóscopo, las profecías, el tarot, y un largo etcétera. Cuando esto se realiza en vivo y no en medios escritos se produce otro curioso fenómeno llamado Lectura en Frío. En este vídeo Richard Dawkins os explica perfectamente lo que es la Lectura en Frío http://www.youtube.com/watch?v=WhgLZhLCzeE&feature=related

Como llevo cierto tiempo preparando este post, he hablado con algunas personas y, es una observación mía y no he realizado un estudio, parece ser que hay una tendencia a buscar episodios de la propia vida que encajen con la descripción, a la vez que una auténtica imposibilidad de encontrar aquellos que contradicen la descripción que se nos ha facilitado. Es como si nuestros recuerdos se bloqueasen y sólo pudiésemos acceder a los que concuerdan con lo que oímos o leemos.

Para finalizar os dejo el texto que Forer pasó a sus estudiantes:

Tienes la necesidad de que otras personas te quieran y te admiren, y sin embargo eres crítico contigo mismo. Aunque tienes algunas debilidades en tu personalidad generalmente eres capaz de compensarlas. Tienes una considerable capacidad sin usar que nos has aprovechado. Disciplinado y controlado hacia fuera, tiendes a ser preocupado e inseguro por dentro. A veces tienes serias dudas sobre si has obrado bien o tomado las decisiones correctas. Prefieres una cierta cantidad de cambios y variedad y te sientes defraudado cuando te ves rodeado de restricciones y limitaciones. También estás orgulloso de ser un pensador independiente y no aceptar las afirmaciones de los otros sin  pruebas suficientes. Encuentras poco sabio ser muy franco en revelarte a los otros. A veces eres extrovertido, afable y sociable, mientras que otras veces eres introvertido, precavido y reservado. Algunas de tus aspiraciones tienden a ser bastante irreales.

Os dejo que analicéis vosotros mismos el texto, para mí las frases más interesante son:

“Tienes la necesidad de que otras personas te quieran y te admiren; aunque tienes debilidades en tu personalidad generalmente eres capaz de compensarlas; y mi favorita, a veces eres extrovertido, afable y sociable, mientras que otras veces eres introvertido, precavido y reservado”.

España campeona, ¿por qué sentimos este orgullo?

En España, desde la llegada de la democracia, se ha identificado la enseña nacional con ideas fascistas, anticuadas, antidemocráticas, intolerantes.

Siempre que ha jugado la selección española esto se ha olvidado, pues en esos momentos la bandera no ha representado el pasado sino un sentir unísono y nacional. Pero, hasta la fecha, ese sentir ha muerto con las derrotas de la selección.

Mi pregunta es, ¿qué va a pasar ahora?

Ayer todo el país cantaba “soy español”; algo realmente inédito. En el centro de Barcelona (capital de una comunidad con aspiraciones independentistas) miles de personas alzaban la bandera de España, al igual que en Vitoria, en A Coruña.

¿Es posible que este sentir compartido de “orgullo” por lo que han hecho unos “compatriotas” sea más fuerte que nuestras diferencias?

¿Cómo es que sentimos esa victoria (conseguida por deportistas de élite que van a cobrar unas primas tremendas) nuestra, si ni tan siquiera hemos estado en el estadio?

Es, para mí, algo realmente curioso el sentir nacionalista. No entiendo por qué surge en ciertas regiones, pero entiendo menos aún como algo tan ajeno a nosotros como un partido de fútbol se convierte en una vía de unión entre personas que en el día a día se pelean entre sí. ¿Este sentir durará, o en poco tiempo volveremos a pensar en nuestro terruño como algo especial porque es donde nacimos? Igualmente extraño es el sentir patrio, el orgullo por mí país, mí bandera, como si fuesen algo único y maravilloso, cuando la realidad es que cualquiera, tras vivir un cierto tiempo aquí, puede aspirar a ser ciudadano; al igual que uno mismo puede renunciar a su ciudadanía en favor de otra. Existen más de 200 países en el mundo, todos con su bandera y su gente que siente lo mismo. No es nada especial. Y sin embargo…

Ayer pasó una cosa peligrosa, el pueblo olvidó sus diferencias. Los de izquierdas levantaban la bandera como los de derechas, los republicanos besaban el escudo real, los independentistas cantaban “soy español” … Y es peligroso porque los españoles volvieron a sentir orgullo de su procedencia, de su país, de su historia; y cuando alguien siente orgullo desea cuidar y proteger el objeto de ese orgullo. Un pueblo orgulloso es difícil de gobernar. Un pueblo unido es difícil de controlar. Cuando el pueblo es consciente de que pertenece a la tierra exige a sus gobernantes. Eso lo saben los poderosos desde la Guerra de Independencia (1808-1814).

Probablemente, tras la “resaca” de la victoria volvamos a nuestros antiguos roles, pero la semilla está plantada. Ahora, cuando veamos que alguien alza la bandera nuestro primer pensamiento no será “facha”, sino “campeones”. Tal vez, dentro de algunos años, alguien ruede un “Invictus” sobre nuestro país.

El Sistema Nervioso (I)

Siempre oímos que el Sistema Nervioso (SN) controla nuestros actos, nuestros pensamientos, nuestras emociones. Pero, la verdad, es que es algo que suena casi a místico: “La mielinización es un proceso mediante el cual la neurona es recubierta de mielina, lo cual favorece la transmisión sináptica y aísla los axones y las dendritas”. Y se nos queda la cara a cuadros. El objetivo de esta pequeña serie de post será describir el SN de manera breve para poder entender mejor su funcionamiento y su utilidad.

El SN está compuesto de un gran número de células muy distintas unas de otras, no sólo neuronas. Todas tienen una función muy específica y su unión da como resultado nuestra capacidad para entender el mundo, pensar sobre él y actuar en él.

El SN se divide en dos partes principales:

-El Sistema Nervioso Central (SNC), compuesto por el encéfalo y la médula espinal, donde se genera toda nuestra conducta. El encéfalo es, más o menos, todo lo que queda dentro de nuestro cráneo, cerebro, cerebelo, bulbo raquídeo, etc.

-El Sistema Nervioso Periférico (SNP), compuesto por los ganglios y los nervios, su función es conectar el cuerpo con el SNC. Se compone de:

*El sistema Nervioso Somático, donde se incluyen los nervios aferentes (llevan la información de todo el cuerpo al SNC) y eferentes (llevan la información del SNC al resto del cuerpo).

*Y el Sistema Nervioso autónomo, compuesto por el Sistema Nervioso Simpático (dilata las pupilas, controla los latidos del corazón, dilata los bronquios, disminuye las contracciones estomacales y estimula las glándulas suprarrenales; también produce la sensación de alerta) y el Sistema Nervioso Parasimpático (controla los actos involuntarios, provoca y mantiene el descanso y la relajación tras un esfuerzo, y en general actúa en colaboración con el sistema simpático; también trabaja en el aparato gastrointestinal, al orinar y en la respiración).

Y esto es grosso modo la organización general del SN. En el próximo post veremos los ejes y planos de referencia sobre los que se estudia el SN.

Maltrato a los mayores

Hola a todos de nuevo, muchas gracias por vuestra paciencia y mensajes de apoyo. Después de largos meses viviendo cada minuto del día para estudiar se hace difícil volver a la actividad normal. Y gracias especialmente a Hesperetusa, su reciente mensaje ha sido la motivación que necesitaba para ponerme de nuevo manos a la obra.

Hace ya mucho tiempo, concretamente el jueves 8 de abril, encontré en el periódico El País un reportaje escrito por Carmen Morán titulado ” Cuando el anciano es un engorro”. La verdad me impactó mucho y me gustaría compartir con vosotros un poco de lo que decía.

Siempre se habla del maltrato hacia la mujer, los informativos, en la mayor exaltación de lo gore y morboso dan detalles hasta de cómo fueron los golpes, sacan a las familias llorando y maldiciendo y la siempre guapa presentadora del informativo, pulcramente vestida, pone cara de circunstancia cuando habla de la mal llamada noticia. Y hacen esto incluso cuando los expertos han dicho que no es recomendable, pues puede darse un “efecto llamada”, donde otros maltratadores ven el sufrimiento que ha causado el tipo que sale en la pantalla y deciden hacer lo mismo. En otras ocasiones tratan sobre el maltrato a los hijos por parte de los padres, y parece que se vuelven un poco más comedidos, tan sólo sacan imágenes de un hospital (sea o no en el que se encuentre el menor) o a los acusados escoltados por la policía y tapándose la cara. En los últimos años incluso han comenzado a tratar el tema de los malos tratos entre los menores de los centros escolares, hasta le han dado un nombre pegadizo “bullyng”.

Sin embargo, existen otros tipos de malos tratos hacia nuestros semejantes, más silenciosos y más insidiosos. Cuando miras a un anciano con un gran círculo morado en el brazo, ¿es causado por la edad, por un mal paso, o es por que alguien le ha golpeado? Cuando ves a una vieja sentada en un banco en mitad del parque llorando, ¿llora por el recuerdo de su marido fallecido o es que su hija aparece una vez por semana en casa con insultos porque necesita dinero?

Hubo que esperar hasta el año 2006 para que se reconociese que esto es una realidad y grave problema en toda la sociedad occidental, desde entonces, y aunque no todo el mundo lo sepa, el día 15 de junio se celebra como el día mundial para la toma de conciencia contra los abusos a mayores.

Por ahora, los datos recabados por las encuestas dicen que el 3% de los ancianos sufre maltrato, sin embargo los ancianos son unos de los grupos más difíciles de encuestar, con una elevada tasa de no respuesta. Así que, realmente, no sabemos cuantos ancianos puede haber en esta situación. Un 4,6% de los cuidadores reconoce haber realizado conductas inadecuadas hacia los mayores bajo su cargo.

Se reconocen cinco tipos de maltrato hacia los ancianos: físico, psicológico, negligencia, abuso económico y abuso sexual.

El abuso económico es el más frecuente y al que menos atención se le presta y sucede cuando el agresor utiliza el dinero de la víctima sin su consentimiento, le obliga a cambiar su testamento, o el nombre de la viviendo, etc. Se da cuando el agresor depende de los ingresos del anciano, y por desgracia, el abuelo no se rebela porque sabe que si lo hiciese su agresor no tendría nada. En este tipo de abuso los agresores suelen ser o la pareja del anciano o sus hijos. Hombres y mujeres en igual proporción. La mayoría tienen más de 64 años y muchos de ellos sufren algún problema físico. Más de la mitad sufren estrés.

La negligencia y el maltrato psicológico son los siguientes en la lista. Como negligencia se entiende conductas tales como dar dosis inadecuadas de medicación, privar de las necesidades básicas (que son la alimentación, higiene, calor, ropa, asistencia sanitaria, etc.) y en los casos más extremos el total abandono. El maltrato psicológico se presenta bajo conductas de rechazo, insultos, aislamiento, gritos, humillaciones, amenazas, privación de afecto y hacer sentir miedo al anciano. Lo peor es que nuestros mayores no reconocen este tipo de maltrato por vergüenza y porque sus vidas han sido duras y están “acostumbrados a sufrir”. Otros sienten culpa pues consideran que si sus hijos los tratan así es porque ellos los educaron de este modo.

Además, el maltrato en general, y a los ancianos en particular, es un tabú.

No existe un segmento de la población más propenso que otro donde encontrar esta situación, más bien son los tipos de atención a la vejez propios de una sociedad los que determinan la posibilidad de que surja esta situación. En España, los ancianos suelen ser atendidos en casa, lo que propicia mucho que aparezca el maltrato al anciano. Por ejemplo, en el apartado de maltrato psicológico una de las amenazas más frecuentes es el ingreso forzado en una residencia. Además, el cuidado en casa complica la situación de maltrato porque cuidar de un anciano no es fácil, sobre todo si tiene graves problemas de dependencia. En esta situación las familias se encuentran entre el amor y el odio. El familiar que se ha encargado de su cuidado siente amor hacia el anciano, pero a la vez siente todo lo que ha perdido por su culpa: trabajo, libertad, amigos, etc. Cuando el anciano muere la sensación de culpa de la familia es grande, reconocen cómo a sido su conducta hacia su padre, madre, abuelos, tíos, etc. También ocurre que el cuidar de un anciano se ve en principio como una situación de urgencia, sin embargo se va a largando durante años y no se ve la salida. Y empeora la situación todavía más el que la relación afectiva se va perdiendo según la capacidad del anciano para relacionarse merma. Finalmente la situación se hace insoportable y el cuidador/maltratador tan sólo ve una salida: el fallecimiento del anciano. Cuando este momento llega el maltratador siente pena y alivio, y una intensa sensación de culpa por sus actos que se agrava por el hecho de sentir alivio.

Y cada vez se da este problema con mayor frecuencia porque se vive más, pero no siempre en las mejores condiciones.

Los ancianos son víctimas que no se rebelan, que van a menos, sufren un maltrato continuado e indetectable, se convierten en personas atemorizadas en casa, sin contacto social ni comunicación con el exterior. Nadie los ve.

Volveré! (sí, como terminator)

Escribo esto simplemente para pediros perdón por este lapso de tiempo sin un mísero post.

Los exámenes están a la vuelta de la esquina y además tengo que terminar las prácticas. En fin, poco tiempo para preparar nuevas entradas.

Pero os prometo que dentro de poco van a salir un par de series que os van a encantar. Hay muchas cosas de las que hablar, desde experimentos sencillos que podréis hacer vosotros mismos, hasta por qué creemos cosas increíbles, pasando por ese volcán de nombre impronunciable.

Muchas gracias por visitar este blog y no os preocupéis que en poco tiempo os voy a freir a post.

El mundo no es como lo ves (II)

Estoy seguro de que todos hemos visto alguna vez este par de flechas. Si nos preguntasen nadie caería en la trampa de asumir que la línea central de la primera es más larga que la de la segunda. ¿Pero sabéis una cosa? Si nos pidiesen que las midiésemos “a ojo” el suficiente número de veces podríamos apreciar una tendencia a decir que la primera es más larga. Y es que, si la incapacidad de captar en su totalidad el mundo físico es la primera barrera que nos encontramos al percibir la realidad, nuestro cerebro es la segunda.

Esta imagen se llama la ilusión de Müller-Lyer y ejemplifica cómo nuestro cerebro interpreta todo, absolutamente todo, lo que le llega a través de los sentidos. ¿Y cómo sabemos que lo interpretamos todo? Pues, el caso de la visión es un buen ejemplo:

1º -> A nuestros ojos llega la información de un grupo de ondas electromagnéticas, no llegan ni colores, ni brillo, ni intensidad, etc.

2º-> Nuestro cerebro recibe la información visual de manera bidimensional. Puesto que sólo tenemos dos ojos y están uno junto a otro.

3º->  Sin embargo, nuestra percepción visual es coherente, significativa y en tres dimensiones. Es decir, vemos el mundo como un todo, no a parches, y lo que vemos tiene sentido para nosotros. Todo ello con percepción de profundidad.

La pregunta entonces sería cómo es que llega a ocurrir algo así. Podríamos pensar que estamos equivocados en cuanto a cómo nos llega la información a los órganos sensitivos en vez de pensar que nuestro cerebro procesa esa información. La clave para elegir una hipótesis u otra nos la dan los errores en la percepción. Si lo que percibimos fuesen propiedades invariantes de los objetos naturales no existirían los errores, puesto que no habría interpretación subjetiva.

Pero estos errores existen, en el caso de la percepción visual estos errores se conocen como ilusiones visuales. Pero es que además, no sólo los errores nos dan muestras de esa interpretación subjetiva, algunos aciertos también. Por ejemplo, lo que se ha dado en llamar constancia del tamaño, que es la habilidad de percibir correctamente el tamaño de un objeto. Supongamos que estamos en lo alto de un cerro y que podemos ver un árbol, el mar, y un barco en el mar. Si sólo atendiesemos a lo que vemos, sin interpretación, el árbol nos parecería más grande que el barco, pero nadie, por muy lejos que esté el barco y cerca el árbol, comete ese error de percepción, gracias a la constancia del tamaño. O mejor dicho, gracias a las interpretaciones que hace nuestro cerebro. Mirad esta bonita imagen que confirma lo que os digo acerca de la constancia del tamaño:

Sin hacer caso a lo que nuestro cerebro nos manda, podríamos decir que el árbol que se ve en la esquina inferior derecha mide por lo menos la mitad de la montaña del fondo. Pero nuestro cerebro nos dice claramente que eso no es así.

La ilusión óptica que os presento ahora es muy curiosa:

Todas las líneas verticales que aparecen son paralelas entre sí, pero desde luego a nosotros se nos representan de otra forma.

En esta otra imagen os aseguro que nada se mueve realmente, de hecho, si lo miráis por partes se mitigará mucho la sensación de movimiento. Pero tened cuidado con esta imagen y no la miréis mucho tiempo ya os producirá dolor de cabeza y podría marearos:

Tal vez todo esto pueda haceros dudar acerca de vuestro mundo sensorial y caigáis en esa duda nihilista que atormentaba a Descartes. Pero esa no es mi intención. De hecho, no debéis preocuparos demasiado sobre ese “mundo exterior” por que la evolución nos ha dotado de las armas necesarias para movernos a través de él. Cuando percibáis el mundo a través de la visión, el oído, el olfato, el tacto, o cualquier otro sentido de los 15 que aportan información del mundo a nuestro cerebro podéis tener la seguridad de que percibís la realidad en cierta manera.

Lo realmente importante es que nos planteemos que:  ¿Si el mundo no es como yo lo percibo (al menos en su totalidad) cómo puedo pretender imponer mi realidad a otros? Nuestros sentimientos, nuestras emociones, nuestras ideas, se basan en lo que conocemos del mundo, una información incompleta y subjetiva que, además, no es compartida por otros ya que cada cual interpreta su propia realidad. Así que, tal vez, ha llegado la hora de ser un poquito más transigente con las ideas de los demás.

Para terminar, me gustaría dejaros una ilusión óptica que realmente me encanta. Es una bailarina, que gira en un sentido, pero cuando menos te lo esperas cambia de dirección. Por supuesto la realidad no es esa, pero así se nos representa a nosotros. Os confieso que no soy capaz de verla cambiar a voluntad. A ver si vosotros sois capaces.

El mundo no es como lo ves (I)

Perdonadme por estas dos semanas de ausencia, pero ya estoy de nuevo aquí con más ciencia y mucha más psicología. Voy a hablaros de cómo es el mundo para nosotros, que es muy distinto del mundo real.

La primera barrera que nos encontramos a la hora de percibir la realidad son nuestras capacidades biofísicas, es decir, nuestros sentidos. Tradicionalmente se nos ha enseñado que existen cinco sentidos, pero eso no es cierto, tenemos como mínimo 15 sentidos distintos.

Vamos a hablar de los dos sentidos que más utilizamos para relacionarnos con el mundo, la visión y el oído.

La capacidad de detectar la presencia de un estímulo visual depende de que los receptores sensoriales especializados de la retina capten la energía luminosa de dicho estímulo. Si esta energía luminosa es de un tipo distinto al que nuestros receptores pueden captar ésta pasará a nuestro lado sin que nos enteremos siquiera.

¿Qué significa esto? Pues que el espectro electromagnético es enorme y nosotros tan sólo captamos una parte muy chiquitita del mismo, la que podéis ver en la imagen. Otros animales pueden detectar otro rango del espectro electromagnético, por ejemplo algunas serpientes perciben el calor/frío que desprenden los cuerpos, eso quiere decir que están viendo el espectro infrarrojo, que va de los 700 nm (nuestro rojo) hasta 1 micrómetro.

Por lo tanto el mundo no es como lo vemos, pero es que tampoco es como lo oímos. El sonido es un fenómeno mecánico producido por las vibraciones de un objeto, que se transmiten a través del algún medio (para nosotros el aire), y que, si tienen la suficiente fuerza, al llegar a nuestro oído inician una cadena de sucesos que producen la sensación auditiva. Este proceso es bastante conocido, la vibración golpea nuestro tímpano, éste también vibra y va transmitiendo ésta vibración por la cadena de huesecillos del oído medio, que finalmente hacen que la vibración llegue a la cóclea que la transforma en impulsos nerviosos.

Seguro que ya habréis visto la trampa, este proceso se inicia si la energía es suficientemente fuerte para que la captemos. Y es que hay sonidos que producen ondas que están por encima o por debajo de las que pueden hacer vibrar nuestro tímpano. Como siempre algunos animales pueden captar estas ondas que a nosotros se nos escapan.

Como podréis observar, lo que nosotros podemos oír es más o menos lo mismo que pueden percibir las aves o los sapos, pero los elefantes, las ballenas, perros, insectos, delfines, etc. viven en un mundo sonoro distinto del nuestro.

De todo esto podemos extraer dos conclusiones, la primera es que con nuestros limitados sentidos tenemos suficiente para sobrevivir y prosperar o no estaríamos aquí. La segunda, es que el mundo no es tal y como los percibimos.

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